By Juliana Pautilla
Pieles, anamorfismos, transparencias, brillos y opacidades. De marrones oscuros a claros, pasando por verdes, blancos y beiges. Texturas y capas creadas a partir de óxidos, gelatina de algas, levadura biológica, harina de trigo, agua, azúcar, espirulina, fibras de algodón, mica, tierra, carbón, hierbas y tés medicinales. ¿Cocina, laboratorio o taller? ¿Una cocinera, una bruja o una artista? Romper esas fronteras importa cuando estamos ante las obras de Thatiane Mendes, quien, cosiendo o preparando té, recolectando hierbas en el monte o realizando pruebas de laboratorio con las materialidades que utiliza, crea sus monstruos. ¿Son esculturas para colgar en la pared o pinturas con texturas? Estas transitoriedades —de forma, estilo y gesto— están en la base de todo principio ético y creativo.
La serie Monstros Algor nos hace sumergirnos en un colectivo de seres misteriosos que inspiran a pensar en distintas posibilidades de expresión y existencia. Las obras tienen espesores diversos, de 15 cm a 3 mm, texturas que varían de una piel mate a una rugosa o gelatinosa. Dentro de las pieles hay telas, tramas de ganchillo con partes más visibles y otras no, como si hubieran sido sumergidas o hundidas. Se percibe una superposición de colores: sobre el blanco, un marrón oscuro; a veces aparece un verde y un blanco por encima; los tonos terrosos de los minerales en el azul verdoso de las algas y en el blanco del titanio, entrelazándose con la pigmentación de las plantas medicinales. Cada capa codifica su transformación:
Las partes inferiores de las piezas se presentan como escurrimientos gelificados. En el proceso, esta sustancia fluida —compuesta por almidón, algas y tés medicinales— se vierte sobre superficies, fluyendo de manera autónoma hasta solidificarse en una trama gelatinosa semejante a la piel. Esto se hace más visible en las partes inferiores, que aparecen como escurrimientos gelificados, y es la solidificación de las soluciones la que crea texturas irregulares. El instante de solidificación se vuelve un vestigio visible de un cuerpo en transición, donde el estado líquido, autónomo e imprevisible, cristaliza en formas que llevan la marca del azar y de lo inevitable. Seres emergen de esta fusión de materiales. Las formas resultantes, en tonos terrosos y azul verdosos, recuerdan texturas de piel, poros y organismos desconocidos. El material, inicialmente fluido, se expande y se acomoda formando figuras orgánicas que evocan criaturas hechas de fluidez y rigidez. Movimiento y estancamiento de la materia. Reconocibles o no, cada espectador busca sus identificaciones o simplemente se deja internar por la imaginación y la sensación, haciendo analogías con órganos y vísceras o con monstruos mitológicos.
Monstros Algor nos invita a pensar en las transitoriedades de los cuerpos, la conquista de la autonomía propia de los procesos vivos y las relaciones con las heridas que provocan los estancamientos y las categorizaciones. En sus transparencias y opacidades, puede pensarse a partir de Glissant (1), cuando propone la relación como oposición al ser, este unificado y circunscrito en identidades que tienden a categorías rigidizadas que responden a toda esa neurosis propia de la colonialidad. Para él, el ser solo es en relación, por eso incompleto, en constante mutación, como residuos de culturas con sus fallas, sus restos. Como en las obras provenientes de medios de cultivo de procesos químicos, porque pueden expandirse, contraerse o esparcirse, cambiar de color o incluso pudrirse. Todo se contamina y muy poco puede controlarse.
Algor viene de la gelatina. Esta materialidad desempeña un papel central en la serie, no solo como material artístico, sino también como metáfora de procesos de curación. La sustancia transita entre el estado líquido y el sólido, y establece paralelos profundos con el comportamiento de los cuerpos, especialmente en el contexto de las cicatrices y la regeneración, por estar compuesta principalmente de colágeno y, por ello, íntimamente relacionada con los tejidos conectivos del cuerpo. El colágeno es esencial en el proceso de cicatrización, responsable de restaurar la integridad de la piel tras las heridas. Así como en el proyecto, donde la materia líquida se solidifica en formas que remiten a la piel, el cuerpo utiliza el colágeno para llenar vacíos, reconstruyendo la superficie dañada.
El material, inicialmente fluido, se expande y se acomoda de manera autónoma. La imprevisibilidad que produce la autonomía de la materialidad es inmanente: se organiza a partir de un caos como afirmación de la forma por venir. Las obras y la artista proponen un pensar-hacer en la vida: ética (modos de operar) y estética (formas operadas), haciendo de las propias creaciones la navegación de su vida, de su deseo. La fuerza creativa que desafía el estancamiento. Tránsitos y transformaciones continuas que impulsan al cuerpo a experimentar, modificar y crear, incluso ante las limitaciones impuestas por el entorno. El alimento que la artista nos ofrece desde su cocina-taller-laboratorio es para saciar otros sentidos.
Referencias (1) GLISSANT, Édouard. Poética de la Relación. Río de Janeiro: Bazar do Tempo, 2021. Monstros